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HISTORIA
DE UNA OBRA RECUPERADA Esta
es la historia de una obra recuperada. Más bien, reaparecida. Lo
cierto es que estuvo desaparecida durante veintinueve años. Fue
realizada en 1971 para el alhajamiento del Edificio de la UNCTAD III,
hoy llamado Diego Portales. Es extremadamente curioso que este edificio,
a diez años del inicio de la transición, todavía
mantenga el nombre de Diego Portales Quien la empeñó era, probablemente, un sujeto externo al circuito de arte, o al menos, lejano. Solo pudo concebir la obtención de un magro botín. Finalmente, era un tapiz que podía pasar por ropa de cama, ya que plegado y bien doblado adquiría el aspecto de una colcha gruesa. Pues bien: el hecho Es que fue depositada junto a otros objetos que se empeñan cuando no se está frente a una necesidad extrema, límite, de efectivo. Y de este modo, lo que también se hizo efectivo, fué su desaparición. Aunque en términos más estrictos, se puede hablar de sumergimiento. La obra fue sustraída del espacio artístico y sumergida en el espacio prendario. Es aquí que aperece con fuerza el efecto simbólico de los juegos infantiles: a correr el anillo. La obra fue dejada en prenda de otra cosa. Lo más significativo, aquí, ha sido esa otra cosa, faltante, de la que era preciso dejar un objeto en prenda. La extensión de este gesto al terreno de las relaciones sociales y políticas de la dictadura es sintomática del carácter diagramático de ciertas obras. Es la línea que separa hoy día la ciudadanía y la cortesanía en la escena chilena. Es porque algunos tuvieron que dar una prenda, que otros se habilitaron para hacerse del lugar de la sustitución. ¿Cuál ha sido la gran paradoja? Esta operación de sustracción y sumergimiento permitió, al menos, guardar un cuerpo de obra y ahorrarle amenazas mayores. Es lo que hizo falta, en otros casos, de cuerpos cuyos restos siguen cavando la memoria material de la infamia. En
este caso, al cabo de un tiempo reglamentado y reglamentario, el gran
paquete "signado" probablemente como prenda doméstica
"salió a remate" y fue adquirido formando parte de un
lote de objetos diversos, por un comerciante de "cachureos"
. A veces, en esos lotes se suele encontrar algunos objetos que ven acrecentar
su valor al ser reintroducidos al circuito de ferias barriales o de "anticuarios".
Es en esta trama de recomposiciones, gracias a la participación
de un cierto "boca-oreja" que atravesó barreras de oficios,
que se hizo permeable a través de múltiples rumores y reconstrucciones
de relatos parciales, que indicios de la existencia de la obra fueron
advertidos por personas cercanas al círculo familiar y de trabajo
de los Balmes. Hasta que un buen día, se presentó en la
casa de quien escribe, una persona que traía consigo un gran paquete,
envuelto en bolsas negras de basura. Parecía una gran cuerpo escondido.
Y no era para menos. Con manifiesta emoción, al abrir el paquete,
lo que allí fue saliendo a la superficie, fue la obra de Gracia
Barrios que se encontraba perdida. En forma inmediata, la obra fue trasladada a la casa de los Balmes. Por su extensión, no era posible más que apreciarla por partes. Rápidamente, sobre el pavimento de la calle, bajo un farol del alumbrado público, fue enteramente desplegada y extendida: dos metros ochenta de alto por casi ocho metros de largo, exhibiendose sobrepasada por el plus simbólico de la materialidad del soporte. Desde que se tuvo conocimiento de algunos indicios de su existencia sumergida y el momento de su aparición y despliegue, entre el temor de encontrarse con restos de una obra maltratada y el dolor de recuperar los fragmentos de una historia entrecruzada por el exilio y el regreso, la obra demoró en llegar a destino. La demora, sin embargo, fue la dimensión justa para el acondicionamiento reparatorio de su recepción. Todo
se aceleraría después de la exposición "Chile
Artes Visuales 100 años", en su tercera sección. En
esta muestra hubo dos obras emblemáticas de Gracia Barrios: "Campesinos"
(1972) y "Cabeza censurada" (1969). Se trataba de dos obras
que estuvieron colgadas en una sala que la curatoría designó
con el nombre de "Historias de sombra". Esas pinturas anticipaban
la falencia de los cuerpos. En verdad, que solo se pinta desde la falencia
simbólica de la corporalidad. Pero junto a esto, sin saberlo de
manera explícita -es decir, sabiendo lo que había que saber,
en la falta-, la curatoría de dicha exposición recurrió
a dos obras que habían sido realizadas en la proximidad semántica
de la pintura para el edificio de la UNCTAD. Digo bien: pintura y no "tapiz".
Si bien, esta pintura será comúnmente conocida como "el
tapiz de la Unctad". Se trata, en términos estrictos, de una
pintura en que las texturas de las telas empleadas para componer la obra
operan como extensiones de la materia pictórica clásica.
Esta extensión no es menor porque introduce la sequedad directa
en la factura, habilitada por los referentes cromáticos terrosos
(ocre y siena) presentes en su pintura con materias húmedas oleaginosas.
Tampoco Es un "collage", sino una gran manufactura de "coudage"
(del francés coudre: coser). Hablemos, entonces, no de tapiz (tejido),
sino de un "cosido". Esto hace TODA la diferencia formal y política
con dos referencias respecto de las que esta obra manifiesta su más
absoluta distancia: los tapices de las artesanas de Isla Negra y los bordados
de Violeta Parra Sobre el soporte ya indicado, Gracia Barrios inició el cosido de paños de género, previamente recortados. La reaparición de este cuadro permite recomponer las anticipaciones en un sector de la escena plástica chilena, conocida desde los años ochenta como "historias de hilos y de costuras". Es necesario repetirlo, de un tapiz en sentido clásico, sino de una pintura de gran formato realizada con trozos de género. Gracia
Barrios tomaba los trozos comprados en Gili Hermanos, una tienda de géneros
en la Gran Avenida. Era una de las pocas partes en que telas de esa variedad
y de texturas variadas podían ser encontradas. Luego las desplegaba
en el muro del recién construído taller de la casa de calle
Enrique Richards Gracia Barrios ejecutó la obra como "costurera de primera". Jamás concebió la noción de "pasar en limpio". Fue directamente al punto, porque la concepción de la pieza se resolvió como una totalidad que se sostenía por el epso de obras contiguas. En sentido estricto, sus bocetos eran otras obras inmediatamente anteriores o paralelas. En este caso, obras como "Campesinos" (1972). Hay
un elemento que debe ser considerado ya que se remite a la existencia
de una comunidad de trabajo. En ese mismo taller, en una zona contigua,
José Balmes La
consigna explícita que la coyuntura política exigía
era la extensión literal de la frase: "No a la sedición".
Era un aviso y una amenaza simbólica, destinada a señalar
al "otro", lo que ya se sabía. Esa pintura señalaba
el "saber que no se sabe". Gracia Barrios pintaba, en género,
cosiendo los colores, anudando la consistencia del contingente figuracional,
la situación de movilidad de las fuerzas sociales. En estos días, en Casa de las Américas (La Habana) se exhibe una selección de obras de Gracia Barrios, bajo el título "La ventana (in)dispuesta". En mayo de este año, esta exposición fue presentada en el Museo José Luis Cuevas, en Ciudad de México. El 20 de septiembre próximo, se inaugura en la sala de exposiciones de la Fundación Cultural Corpbanca, en Caracas. En
el texto de presentación me he referido a un triángulo referencial
que permite levantar estas obras: Hitchcock, Buñuel y Gabriel Figueroa.
Tres hombres de cine. Tres historias de encuadre. Tres modelos de indisposición
de la mirada. Por esa vía, Gracia Barrios se aferró en los
años setenta a la determinación de la gráfica. Especificamente,
del afichismo del cine cubano. Esto es muy importante. Sus determinaciones
pictóricas están siempre delimitadas por una férrea
cultura del encuadre y de la dirección de fotografía. En esa coyuntura plástica, Gracias Barrios no entraría jamás a formar parte de la inflación del grabado chileno de determinación serigráfica. Lo que hace, en esta obra cosida, es conducir una disputa formal entre la graficidad del referente serigráfico y las exigencias de una pintura plana fuertemente marcada por el modelo del encuadre cinematográfico. Es
preciso recordar que los artistas que colaboraron con obras para el alhajamiento
de la UNCTAD, en 1972, bajo la dirección artística de Eduardo
Bonatti Pues bien: Gracia Barrios interpelará el espacio del grabado desde la pintura plana y fotográficamente determinada, como en esta pintura de género, recuperada. Pintura sobre (el) género, pero donde la tela de ropa anticipa su preocupación por el significante vestimentario. La representación de la corporalidad en Gracia Barrios, como ya es sabido, está determinada por una petición de género que remite a las funciones de sostenimiento. Las siluetas (historias de sombras) en la narración genérica ponen la fisura en el primer plano de la historia. En las pinturas de Gracia Barrios las mujeres ponen la cara, primero. Es el privilegio de la primera línea, en "Pobladores", "Campesinos" o "América, no invoco tu nombre en vano". Todas obras realizadas en 1971-1972. En "Pobladores" la multitud avanza sobre un fondo ocre. El ocre es el "inconciente" del color. Una mujer, en primer plano, se adelanta. Le cuelga del brazo algo que podría ser un delantal de obrera o una bolsa fabricada con tela de saco harinero para llevar pan. La mancha blanca que designa su bolsa de pan marca los límites de la iniciativa política en pintura. Es su punto ciego. Es decir, la zona en que la crisis de la visibilidad se hace patente. De este modo, esa mancha se homologa con las camisas de los fusilados de Goya. Pero hay algo más decisivo, que tiene que ver con las condiciones de desaparición de la obra, en 1973, que conecta la mancha blanca de la pintura "Pobladores" y el acto de llevar la pintura enrollada a la Caja de Crédito Prendario. Una pintura en prenda. Ese viene a ser el diagrama de la economía más precaria. Pero el deslizamiento por la prenda blanca ya estaba habilitado por el "punctum" de la escena de "El ladrón de bicicleta", cuando la mujer lleva a empeñar las sábanas de su lecho conyugal, poniendo lo más cercano a los humores corporales en situación de exposición extrema. En esas sabanas mediterráneas concibió al hijo que destinará su mirada a recoger la imagen del padre, posteriormente caído; imagen de la flaccidez de los sujetos en las historias sociales de toda post-guerra. Las sabanas blancas de la conyugalidad se cruzaban con las camisas goyescas que para Gracia Barrios han sido referenciales, al igual que las camisas blancas de los campesinos mexicanos de "Los olvidados" (Buñuel-Figueroa). Quien
llevó la pintura enrollada a la Caja de Crédito Prendario,
en septiembre de 1973, homologó la pintura con las sábanas
de la ficción neorrealista, convirtiéndola en el soporte
de una tragedia de la convivialidad. Esta pintura se ha empeñado
en reaparecer treinta años después, como un índice
de la "tasa de confirmabilidad" de las opciones estratégicas
que la pintura de Gracia Barrios se ha guardado desde 1972 a la fecha.
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