GLOSARIO.

Los lectores de fuera de Chile me preguntan por el significado de las palabras Curepto y Pequeña Gigante. Me dan a entender que si no acompaño el texto con un glosario de chilenidades, resulta difícil producir la rentabilidad de las expansiones nocionales en curso. El propósito de semejante procedimiento de designación exige una vuelta de tuerca suplementaria, en la certeza de que en cada país se podrá encontrar un modelo de comportamiento institucional semejante. Así las cosas, las tres palabras pasan a tipificar dos modelos de puesta en escena que han logrado cubrir la designabilidad de la política chilena, en sentido estricto. Curepto y Pequeña Gigante son los dos significantes políticos que definen este período.

Pensé inicialmente solo remitirlas a “ilustrar” una crítica del campo cultural, pero en el curso del análisis de  acontecimientos posteriores me tuve que rendir a la evidencia que configuraban un modelo explicativo general de la gestión gubernamental. De tal manera, en el terreno de la gestión, Curepto define el campo de una sustitución pánica del desmejoramiento cualitativo, mientras que Pequeña Gigante opera como una saturación expositiva que liquida toda expectativa de autonomía en la producción de conocimiento social.

Si alguna vez la visualidad chilena fue sostén del diagrama de la crítica política, el teatro –como escena/grafía de la vida social- fue siempre ilustrativo y cortesano; vale decir, en el límite de lo pensable, prisionero gozoso de una  catarsis a la medida. Lo peor de todo es que la política cortesana del progresismo obligó al teatro a carnavalizarse, por lo bajo, para remedar como infracción jocosa la impostura que la sostiene.

En entregas anteriores me he referido a Curepto y Pequeña Gigante, haciéndolos ocupar un rol fundamental en la ficción crítica sobre el delirio estructurado de jefaturas de gabinete que no hacen más que mantener cadenas de desvalorización de prácticas cuyo diagrama haría visible su ineptitud magistral.

Una colega argentina que viene a dictar cursos en prestigiosos post-grados, me señala que la gran invención chilena es el proyectismo. Cada año que viene, la gente con que conversa le habla de los proyectos en que están. Al cabo de un año, el proyecto ha desaparecido; ha sido modificado a tal punto que ya no se trata del mismo proyecto, sino de uno nuevo, modificado por las presiones de jefes y sub-jefes de servicios, expertos en des/naturalizar los diagramas iniciales, para convertirlos en unos muñecos nuevos cuyas articulaciones y suturas léxicas son (ex)puestas a la vista. La verdadera ficción chilena se afinca en la exhibición retórica de su modificabilidad, de modo que sean legibles las marcas de las intervenciones.

El proyecto, más que nada si proviene desde la sociedad civil,  es tan solo un emblema declinatorio  de su postulado inicial, siendo el espíritu-de-gabinete la piedra de tope que determina la expansividad conceptual del derecho a mascada sobre un diagrama inicial que no debe ser reconocido en la letra de su filiación. Suele ocurrir que muchos proyectos que no son generados en el ministerio-de-pan-y-circo, al final, resultan más eficaces que su propia política manifiesta, que jamás ha sido una política. En artes visuales tenemos ejemplos meritorios de cómo le más mediocre  de los asesores resulta ser el más fiel   garantizador  de merma; a tal punto, que las iniciativas ciudadanas en sentido estricto deben ser obstruidas para adquirir el sello autoral del gabinete por delegación subordinada, reproduciendo un relato que ha adquirido la función de novela familiar de gabinete.

En esta zona de mi despliegue, debo explicar por qué ha sido necesario introducir la noción de gabinete en el proceso explicativo de las funciones Curepto y Pequeña Gigante. En la nocionalidad del gabinete se define la agenda del mayordomo que reproduce el pliegue de lo real ante la autoridad a la que se debe. El gabinete es la moledora de carne de un ministerio, donde todas las iniciativas deben construirse desde la narrativa del análisis y producción de daños.

Lo que define a un jefe de re/partición es la práctica del cobrador de peaje, que vendría ser la expresión administrativo-cognitiva de la nueva corrupción chilena.  Guardemos las proporciones. Se piensa, erróneamente, que la corrupción corresponde al desvío del dinero, pero en verdad, la  corrupción se prepara epistémicamente. El rebaje de los proyectos, por la vía de la merma nocional o las des/asignaciones presupuestarias afectan la racionalidad de direcciones destinadas a operar la reducción. El gabinete es un espacio de desdoblamiento retórico destinado a la producción de corrupción blanda, fundada en el activamiento de los dispositivos de obstrucción  de los “modos de hacer” de la ciudadanía.

Los expertos del ministerio-de-pan-y-circo encubren sus actividades reductivas recurriendo a manifestaciones de teatro de calle como Pequeña Gigante. Estas grandes operaciones están  destinadas a invertir el proceso proyectivo al que ya me he referido, mediante la producción de regresión colectiva. De este modo, es preciso informar a los lectores de fuera del país, que Pequeña Gigante fue un espectáculo de la compañía francesa Royal de Luxe, consistente en el recorrido por diversos lugares del centro de la ciudad de Santiago, de una marioneta de más de cinco metros de altura, dirigida por un número determinado de agentes especialmente vestidos para la ocasión, que mediante la ayuda de una grúa móvil, cables y poleas, la hacían evolucionar de acuerdo a un guión inverosímil. Un rinoceronte se había escapado de Africa y por alguna razón apareció en las minas de cobre del norte del país. Asustado por el ruido de los camiones se había dirigido a la capital, donde  causó estragos arremetiendo contra vehículos de la locomoción colectiva y el mobiliario urbano. La Pequeña Gigante debía seguir unas pistas para descubrir al rinoceronte y darle caza en la plaza frente al palacio presidencial. O sea, en el foro romano de pacotilla que tenemos.

El gran descubrimiento asociado a esta obra de calle, es que se trata de uno de esos casos  donde el solo relato de la acción lleva incorporada su propia descalificación.

Valga señalar que medios de televisión y de prensa escrita vinculados al gobierno, convirtieron este guión en noticia anticipada durante varios días. Este es un caso de falta a la ética de los medios, cuando éstos convierten una promoción eventual en noticia. No se adelantan, sino que producen su convertibilidad. Pero este es un tema que habrá que abordar en otra ocasión.

El jefe de gabinete advirtió que la amenaza provenía de Africa e hizo pasar la nota. Todo lo que amenaza al estatuto criollo de limpieza de sangre y de clase proviene de Africa. El estado de naturaleza (barbarie) desembarca en el lugar en que se gesta la riqueza del país: el cobre. El dramaturgo francés que escribe el guión no se da cuenta que reproduce en historieta el efecto de su habla inconsciente, por haber leído Tintin au Congo. Resulta excepcional que el Estado de Chile financie la puesta en escena del temps retrouvé de un agente trauma-gráfico. De seguro, estamos frente al (d)efecto de acuerdos de cooperación bilateral en el manejo de las tensiones de calle.

Sigamos: África es una palabra que encubre la verdadera fuente de  la amenaza simbólica que se cierne sobre esos territorios, donde está la fuente de nuestro Erario. El peligro real es que el rinoceronte, que representa la animalidad que viene bajando desde el Norte próximo, invada Santiago y rompa el mobiliario urbano. O sea, que ocupe las bancas de los costados de la Catedral y reconvierta los buses amarillos de antes en expendios de comida peruana.

¡Por fin, la palabra fue pronunciada! El rinoceronte es la representación amenazante de lo peruano en nuestra vida cívica-civilizada. La Pequeña Gigante es una compresión de la policía de fronteras que le traspasa a los agentes de teatro su función de control de migraciones. Eso quiere decir que todos los migrantes son convertidos en rinocerontes, respecto de cuyos movimientos la Pequeña Gigante se las juega a ejercer el rol de la gran cabrona que sabe hacerse la muñeca. Lo que habría que definir, en el imaginario chileno de hoy, es en qué consistiría en “hacerse la muñeca”. Todo ello, con el propósito de hacer presente la amenaza de una política de la reparación bien temperada disponible para expresar a cabalidad la corrupción desplazada de la dirección ejecutiva del proceso. En la actualidad, los facilitadores del manejo interministerial de las ficciones de control de ciudadanía,  han sido objeto de formación en ciencia lilliputiense.

La Pequeña Gigante es la muñeca referencial del gabinete en el ministerio-de-pan-y-circo, cuya cabeza fue convertida en productora de la visita de la instancia Gulliver al país de los sujetos de tamaño reducido.  Este fue el elemento enunciativo magistral que declaró la necesidad de una colectividad en determinada situación de reducción simbólica, para poder resistir la visibilidad de una mujer patch-worken cuya articulación escondía el modelo monumental del frankenstein.

Lo que resulta impresionante es que fomentado por el gabinete de inversiones transicionales, un país entero se fascine con las articulaciones  a la vista y la exhibición obscena del cablerío que traslada a la calle lo que siempre permanece en bambalinas. O esto habla muy bien del imaginario chileno o simplemente los chilenos perdieron cualquier capacidad para elaborar fantasías de autonomía relativa y se enamoraron de un juguete símbolo.

En cambio, Curepto remite a una realidad en donde no opera la fantasía de la ciudadanía, sino la ilusión funcionaria de los dispositivos de avanzada de las giras presidenciales, cuya tarea no es la de anticipar la seguridad de la Presidenta, sino la de fijar el rango de escenografía mínima para facilitar su comparecencia pública. Su trabajo tiene directamente que ver con la producción de ambientación en la teleserie de auto-representación del poder. Esta es la razón de porqué la presidenta sube en la encuestas de preferencia. Carece de poder. El poder está en otra parte.

De este modo, su avanzada  resolvió transformar un hospital no habilitado todavía, en un marco escenográfico adecuado destinado a satisfacer el formato inaugural al interior de la cadena retórica denominada gira presidencial. En esta inversión, instrumental médico fue traído desde otros servicios para  habilitar la puesta de la escena y unos cuántos funcionarios representaron el rol de enfermos, para lo cual ocuparon unas camas  en la sala común por la que atravesaría la comitiva. Todo fue representado “como si, pero no”.

En Chile, Curepto pasó a designar el modelo de  la gestión política como tal. Pequeña Gigante es una (s)obra de calle, mientras Curepto es reconocida como una obra  de acallamiento. En esta última, el modelo reductor se acopla a la sustitución del enfermo. Esto apunta a producir la sensación termo-psíquica de que en Chile no hay derecho a estar enfermo, porque el lugar que se le tenía reservado en el sistema hospitalario ya está ocupado por un sustituto. De este modo, el sistema hospitalario es inhabilitado en sus funciones de acogida simbólica, solo para adquirir la función reproductora de malestar corporal y reducir las certezas de la ciudadanía acerca de los derechos del hospitalizado. Esto significa que “la gente”, de acuerdo a la manera freista de desconsiderar a la ciudadanía, debe ser minusvalidada para poder ser reconocida en su devaluación enunciativa.

Ya lo he señalado en otras entregas. La Concertación supone la prolongación programática de la frase ser la voz de los que no tienen voz. Este pentecostalismo le ha fabricado la permanencia en el procedimiento comparativo, entre las funciones desposeídas de la  voz y de la representación de los cuerpos. Siendo ésta, la nueva pragmática de la vigilancia social, al convertir una avanzada presidencial en comando de testeo de la credibilidad pública.

El empleo del sistema hospitalario para surtir a la maquinaria de metaforización del despojo de subjetividad ciudadana ya ha sido preparado, de manera inconsciente, por la teletonización de los cuerpos. Esta viene a satisfacer la necesidad de que el cuerpo social perviva con el recurso incondicional de una ortopedia cuyos recursos serán objeto de la acción de las jefaturas de servicio. Estoy hablando del síndrome reversivo del funcionariato, experto en ocupar el lugar del subordinado desprovisto de derechos ciudadanos, mediante la superchería de su simulación vestimentaria.

Función Curepto: vestirlos de enfermos para  inicializar el servicio de compensación. Función Pequeña Gigante: amplificar el tamaño para señalar la imposibilidad de disponer, siquiera, de un objeto transicional a la medida.

Siendo tan grande la falta, no existe reparación social más allá de la exhibición de las articulaciones y de los cables y poleas que hacen de la política ministerial, un teatro monumental de marioneta-sola, que se consume en el goce exhibitivo de las líneas que, desde fuera de su gabinete, sostienen su política.

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