Otra Vez ARTEBA

Terminó otra versión de la Feria ArteBA. Las
galerías chilenas brillaron por su ausencia. Es una manera de brillar. Legítima,
por lo demás. Aunque hay que mencionar las excepciones: Animal, con solo una
muestra de video arte. El formato que ha invertido esta vez ha sido
excesivamente portable. De todos modos, no es la
galería que aspiramos a reconocer, como “nuestra” plataforma internacional
eminente. Ha sido una decepción estratégica. Demasiada expresión de deseo para
tan escasa inscripción referencial. Bien. No hay ya nada que esperar. Solo el
efecto de la administración interna de la usura de la escena.


 



Durante el vuelo, a cargo de una delegación de estudiantes
de la escuela que dirijo (UNIACC), me entero
en El Mercurio, que Samy Benmayor y Bororo estarán en la feria, en el stand de la
galería Espacio. Se habrán equivocado, pienso. Habrán querido decir Artespacio. Pero nada. Tampoco. Era un error de omisión. Se
trataba de Espacio 1035. Entonces ya entendí todo. Es una galería pequeña que ya
estuvo el año pasado en ArteBA, con una selección de
obras de artistas emergentes. En esa ocasión vendieron a un coleccionista de Houston la cinta video que Mario Navarro
había exhibido en Matucana 100. Pero en esta ocasión,
en el diario se anunciaba que iban a ser exhibidas unas pinturas que Samy Benmayor había expuesto en
galería Sur en 1984.



 


¡Que curioso!, pensé. No habría estado del todo mal que a lo menos hubieran señalado que se trataba de las mismas pinturas que expuse en “Historias de transferencia y densidad” en el 2000, en el Museo de Bellas Artes. Hay que andar todo el tiempo haciendo precisiones. No hay drama. Chile es así. Omisión y olvido.


 



Entonces, lo importante es que las galeristas Florencia Loewenthal y Ariadne Emmerich, habían ido al taller de Samy Benmayor y habían puesto el ojo en esas pinturas. Eso es lo que se llama correr un riesgo, apostar a algo. Nadie lo sabe en Santiago. Pero en el Centro de Arte Imago, conducido por Marcela Gené, está montada la exposición de pintura argentina “Cuerpo y materia”, que ha sido curada por María Teresa Constantin. Es a esa exposición que se ha referido Jorge Sepúlveda en una de sus últimas entregas para “Curatoría Forense”. Fuimos juntos, con Daniel González, a ver esa exposición que abordaba el período 1976 a 1985. Es decir, era la pintura argentina que había que poner en paralelo a las de Samy Benmayor y Bororo. Justamente, en la coyuntura chilena de 1984, esas pinturas eran declaradas por la dupla Richard-Brugnoli como piezas hedonistas cómplices de la dictadura. Era así como se “resolvía” la lucha ideológica en esa época. Pintar era considerada una actividad “contrarrevolucionaria”. ¿Y que certeza podemos adquirir de esta exposición argentina? ¡Que a los argentinos no les da vergüenza pintar! O sea, que la plataforma crítica de la representación, en los primeros años de la “segunda dictadura” argentina, se realizó sobre soporte pictórico. Y no solo. Hay que ver las obras de Carlos Di Stéfano, Alberto Heredia y Norberto Gómez para entender que no se trataba de una escultura de “aseo y ornato”.


 


Se hace necesario trazar relaciones entre las obras de Samy Benmayor y Bororo, con las obras argentinas del mismo período. Se trata de un momento productivo que tampoco aprendimos a conocer, sino tardíamente en la escena chilena, a causa de la “textualidad CAYC”, que sin habérselo propuesto de manera manifiesta, no habló jamás de esas obras. No tenía porqué hablar. Su discurso estaba destinado a inscribir el trabajo del Grupo de los Trece. Simplemente afirmo que la hegemonía que alcanzó dicho discurso en la escena de la crítica latinoamericana impidió que fuesen reconocidas unas obras  que hicieron su camino al margen del modelo de reconocimiento ligado al CAYC. No por ello dejaron de existir y de manifestar un cierto grado de eficacia en su autonomía. Me refiero a obras de Luis Felipe Noé, Ana Eckel, Oscar Smoje, León Ferrari, Marcia Schvartz, Fernando Bedoya, Carlos Gorriarena, Felipe Pino, Jorge Pietra, por nombrar a algunos.


 


A esta relación se debe incluir el trabajo del grupo peruano Huayco EPS, sobre cuya trayectoria habló Gustavo Buntinx en la presentación que hizo de su libro sobre el tema en ArteBA del 2005. Esto resulta fundamental para poner atención en los procesos reales de obra y desmontar las operaciones que un cierto tipo de críticos argentinos hacen en torno a las identificaciones forzadas entre los “programas” del Siluetazo y los trabajos del Colectivo de Acciones de Arte (CADA).

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