Definitivamente, el Consejo Nacional de Cultura derrocha perversidad institucional. Solo que no es conciente de ello. Mejor dicho, hace cosas con una certeza digna de la fe de los carboneros.
Para el otorgamiento del premio de Artes Visuales 2006 a Eduardo Vilches, el CNCA no encontró nada mejor que hacerlo en el Museo Nacional de Bellas Artes. En verdad, llega a ser emocionante el modo cómo se esmera en repetir fórmulas ceremoniales que, en una vuelta de tuerca, resultan certeramente punitivas. En el caso de Eduardo Vilches, no solo pudo promover con éxito la confusión de los términos de la historia de una obra, sino que además, humilló al artista de manera blanda, porque debía asumir que no había podido, por secretaría, impedir su premio.
El CNCA sabía perfectamente que debía impedir la afirmación de autonomía de Vilches respecto del Taller 99. Esto parece ser un mandato de Estado, que nos obliga a subordinar toda obra gráfica chilena al fantasma de Antúnez. Es curioso cómo una cierta izquierda socialista se desvive por demostrarle a la oligarquía que son sus mejores inquilinos en el aparato de Estado. Esas formas simbólicas de desplazamiento del poder nos debiera decir algo más sobre la derrota de la “derecha política” y su carácter disfuncional respecto de la estabilidad del sistema. Con estos funcionarios, la derecha política no tiene destino, porque su espíritu ya está instalado
en la pragmática de la administración.
El CNCA debía demostrar que Vilches provenía del Taller 99, alterando los términos de la historia. En el terreno de la historiografía, nada mejor que hacer la ceremonia del premio en el hall del MNBA, en el momento mismo que en dicho lugar se monta una maqueta “grandeur nature” del Taller 99, con una disposición de objetos ceremoniales de la cocina del grabado que instalaban la espectralidad del taller en el museo. Esto fue concebido así, para que la ceremonia del extremo del hall pudiese ser percibida como una extensión de la primacía simbólica del Taller 99.
Hay que ser muy cuidadosos con los detalles. El tono de la ceremonia ya había sido sugerido por la entrevista de Cecilia Valdés en El Mercurio. Hay que poner atención cuando ella le pregunta a Eduardo Vilches por Adolfo Couve. En efecto, Vilches tiene un cuadro de Couve. Y eso es convertido en una garantía filial en el arte chileno. ¿Debemos leer, acaso, que es por Couve que Vilches se valida en la Católica? ¿Y por extensión, que las minorías consistentes de la Católica se validan por el fugaz paso de Couve por sus aulas, al comienzo de la dictadura? ¿Llegará su “viuda académica” a sostener esta hipótesis? En tal medida, se omite en todas las informaciones acerca de sus méritos, que Vilches fue profesor en la Chile de antes del golpe, y, sobre todo, que participó activamente en “El pueblo tiene arte con Allende”. Y que mientras Couve fue llevado a limpiar formalmente la Católica, no tan solo del izquierdismo gráfico sino también del chacoteo surrealistizante, Vilches entró a vivir prácticamente en una especie de clandestinidad académica. Resulta sorprendente la diligencia del CNCA por blanquear a Vilches y subordinar su grabado al fetichismo de la cocinería.
El único momento de infracción en la ceremonia fue el de la proyección del video de Francisca García, donde desde Mario Navarro a quien escribe, pasando por Soro y Duclos, afirmamos dos cosas: el efecto ético de su enseñanza y la ruptura con el fetichismo de la cocina del grabado. De este modo, no se sabe cual fue la razón que primó en la atribución del premio; si fue su subordinación a la política oligarca del grabado o si fueron sus operaciones de desmontaje radical de su ideología.
Justamente, porque había que encubrir el carácter radical de su intervención en la escena plástica como articulador de la nueva objetualidad practicada por los jóvenes artistas de los noventa, que el CNCA debía sobredimensionar la dependencia por la que Vilches“debía ser” reconocido.
Sin embargo, hay una razón aún más interesante en esta extrema diligencia del CNCA por fundir a Vilches con el Taller 99. Fundirlo, en el sentido de buscar su aniquilación. Propongo, por ello, reconstruir las sesiones en que se resolvió el premio. Hay que saber quienes fueron los derrotados. Todo indica que la determinación del premio para Vilches habría sido producto del insuficiente manejo de una votación. De tal modo, el rencor de una derrota para un sector comprometido con la objetualidad de los setenta, habría motivado que desde el CNCA se haya articulado esta ceremonialidad en la que Vilches debía ser ofendido, quedando junto con Millar y Cruz, como los tres huasitos que venían de Concepción y que gracias al Tatita del Grabado pudieron ingresar al arte contemporáneo.
Así, de manera paradojal, el rencor de una sub-cultura funcionaria no trepida en colaborar con el fortalecimiento de una “política patronal” en artes visuales. El problema podría ser extremadamente grave para la construcción de ciudadanía, si esta actitud se convirtiera en política general.